Los niños también necesitan gafas de sol

Sus ojos, que son 20 veces más sensibles que la piel al sol, también necesitan una protección adecuada. No obstante, un 98% de los niños no lleva gafas de sol.

“A menor edad, mayor es la vulnerabilidad de los ojos a la luz y a los rayos UV”, afirma el presidente del Col·legi Oficial d’Òptics Optometristes de Catalunya (COOOC), Alfons Bielsa.

 

Los ojos de los niños son más sensibles que los de los adultos ya que no están completamente desarrollados. Antes del primer año de vida, el cristalino de los bebés deja pasar hasta el 90% de la radiación UVA y el 50% de la UV. Sin la protección adecuada, estos rayos llegan directamente a la retina, la parte más delicada del ojo.

Entre los 12 y 13 años, estos porcentajes se sitúan en el 60% y el 25%, respectivamente. El grado de protección natural de los ojos ante las radiaciones nocivas no acaba de desarrollarse hasta los 25 años. Solo a partir de esta edad, el cristalino adquiere completamente su función de reducir la cantidad de rayos ultravioletas que llegan a la retina.

“Sin la protección adecuada, a los 18 años podemos llegar a acumular el 80% de la radiación que recibimos a lo largo de toda nuestra vida”, constata Fabio Delgado, miembro de la Junta Directiva del Col·legi.

 

Para evitarlo, tenemos que utilizar gafas de sol homologadas y que cuenten con la marca de la CE (Comunidad Europea), que es el estándar mínimo de calidad. Además, una protección adecuada tiene que incluir la referencia a la normativa que cumple (EN 1836:2006) y el número de categoría de filtro.

Unas gafas de sol sin filtro UV, según Delgado, “pueden causar problemas y convertirse en una opción aún peor que no llevar ninguna protección”. Esto se debe al hecho que estos productos dilatan aún más la pupila del niño y, por tanto, el daño no disminuye si no que se incrementa.

Las monturas de plástico acostumbran a ser la mejor opción respecto a la durabilidad, resistencia, comodidad, ligereza y coste. En relación a los vidrios, se aconsejan las lentes marrones, verdes o grises porque son las que menos modifican los tonos.

Han de descartarse, en cambio, los vidrios excesivamente oscuros: dejan pasar poca intensidad de luz y, por tanto, impiden una visión de calidad y pueden aumentar la incomodidad del niño.

Fuente | optimoda.es

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